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Mensaje del Ministro Moavero a los italianos en el exterior.

 

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8 de agosto de 2018 - En el 62 aniversario de la tragedia de Marcinelle, el Ministro de Asuntos Exteriores de Italia, Enzo Moavero Milanesi, participó esta mañana en la ciudad belga perteneciente al municipio de Charleroi en la ceremonia de conmemoración del desastre ocurrido en la mañana del 8 de agosto de 1956 junto con una delegación parlamentaria italiana, la Embajadora en Bélgica, Elena Basile, y miembros de la asociación de mineros y autoridades locales.

Moavero Milanesi también envió el siguiente mensaje a los italianos que viven en el extranjero:

«Queridos amigos,

con motivo del 62 aniversario de la tragedia de la mina de Marcinelle en Bélgica, deseo compartir algunas breves reflexiones con ustedes para rendir homenaje a los 262 mineros que perdieron la vida en Bois du Cazier el 8 de agosto de 1956.

Entre los muertos hubo 136 italianos, una inmensa tragedia, una profunda herida que Italia recuerda con el solemne Día del Sacrificio del Trabajo, en honor a todos los trabajadores italianos en todo el mundo.

Nos inclinamos ante la memoria de tantos caídos y no podemos olvidar un evento tan dramático que marca nuestra historia de forma indeleble.

La conciencia de la entonces naciente integración europea fue sacudida. Sólo después del desastre de Marcinelle, la Alta Autoridad de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), fundada cinco años antes, comenzó a abordar cuestiones relacionadas con la seguridad en el trabajo. Anteriormente, de hecho, habían sido negligentemente descuidadas, a pesar de que el propio tratado checo CECA preveía referencias a los principios sociales y los derechos básicos de los trabajadores.

Sin embargo, no podemos dejar de observar cómo, incluso hoy, lamentablemente, la legislación social de la Unión Europea es en general insuficiente, especialmente si se la compara con la copiosa legislación promulgada en otros sectores. Es un defecto de acción de las instituciones comunes y de los gobiernos de los países miembros que, en días como este, aparece como tristemente anacrónico.

En los últimos años, hemos debatido mucho acerca de la renovación europea, de la revitalización de la Unión en mayor armonía con sus ciudadanos. En esta perspectiva, como lo solicitaron muchas partes, se debe dar prioridad a la Europa social, un tejido coherente de normas europeas adecuadas para garantizar la protección de los trabajadores y una prevención rigurosa de los accidentes en el trabajo.

El compromiso del Gobierno italiano es actuar plenamente en todas las sedes nacionales y europeas, de modo que haya una opción de campo clara y se tomen las decisiones necesarias. Tenemos que hacer mucho más y es realmente hora de romper las demoras reprensibles del pasado. Pedimos a la Unión que adopte rápidamente una agenda social bien estructurada digna de su nombre, que incluya nuevas iniciativas e incorpore las buenas ideas que ya se pusieron sobre la mesa hace años, pero que nunca se materializaron.

Se lo debemos a las innumerables víctimas que conmemoramos hoy, aferrándonos al símbolo de Marcinelle. Se lo debemos al dolor agonizante de sus familias. Se lo debemos a nuestra Italia que la Constitución proclama, solemnemente, estar “fundada en el trabajo”.

Reflexionando sobre el trabajo no podemos dejar de evocar a los muchos italianos que dejaron sus tierras natales buscando en el extranjero un futuro mejor para ellos y para sus hijos, a menudo enfrentando viajes inciertos y peligrosos, y condiciones de vida complicadas. Hasta principios de los años sesenta del siglo XX, hace realmente poco, fuimos una nación de emigrantes en el mundo.

Incluso en Europa, fuimos a países extranjeros en busca de trabajo. Salíamos, a menudo con grandes inconvenientes, hacia esos mismos Estados europeos (Bélgica, Francia, Alemania y otros) en los que ahora podemos trabajar: ciudadanos de la Unión Europea, entre otros ciudadanos de la misma Unión Europea, con derechos y deberes similares. La libre movilidad de los trabajadores es un resultado objetivo, positivo y nodal de la integración del “viejo continente”.

Fue difícil encontrar un espacio, en tejidos sociales diferentes al nuestro, entre no pocas hostilidades y también evidencia de solidaridad: pero fue posible para muchos. Los italianos que emigraron y sus descendientes pudieron integrarse plenamente, con valor y vigor, en las sociedades extranjeras a las que se transfirieron. Las han enriquecido con su trabajo, intelectual y manual. Todos lo reconocen y en algunos países, entre ellos precisamente Bélgica, donde se encuentra Marcinelle, también ocupan los niveles más altos de las responsabilidades del gobierno.

Reflexionemos con conciencia y orgullo acerca de estas experiencias de muchos de nuestros padres y abuelos. Reconozcamos, con respeto, su inestimable contribución a la historia de Italia y de los lugares a donde emigraron. Nunca olvidemos sus sacrificios. Pensemos en ello cuando veamos a los inmigrantes de nuestra época problemática llegar a Europa.

Queridos amigos italianos, estén donde estén en el mundo, deben saber que la dedicación con la que, diariamente, desempeñan sus funciones trabajando, mejora nuestro país y contribuye a su reputación positiva.

Quiero enviarles, por lo tanto, el saludo fraternal del Gobierno y de todos los compatriotas, en este día especial dedicado a aquellos que, en el trabajo, han ofrecido sacrificios extremos. Juntos, estamos afectuosamente cerca de las familias de las víctimas de Marcinelle y de las tragedias del trabajo de todos los tiempos.

Gracias por lo que han hecho y están haciendo para nuestra Italia».

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(massimo barzizza / puntodincontro.mx)