El vuelo de las mantarrayas en los mares mexicanos de Baja California.

 

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15 de mayo de 2016 - Durante el mes de mayo, cuando el viento está en calma en el Mar de Cortés —el inmenso golfo creado por la península de Baja California en México—, tiene lugar cada año una de las más espectaculares actuaciones naturales en nuestro planeta: miles de mantarrayas y mobulas saltan desde el agua hacia el cielo, una tras otra, la mayoría de las veces con gracia, elegancia y gran habilidad atlética - como bailarinas sincronizadas, el mejor equipo jamás visto en la historia - y a veces en solitario, perdiendo el control del vuelo, oscilando, volteándose, haciendo piruetas. Una actuación escalofriante, un festival del salto: de la tranquila superficie del océano "estallan" colosales peces con alas que pesan cientos de kilos y miden varios metros; saltan uno tras otro y permanecen suspendidos durante unos segundos, hasta que la gravedad los vuelve a llamar a las profundidades del océano con un enorme «Bang», un planchazo ruidoso o, más prosaicamente, como si alguien cocinara enormes palomitas de maíz en la superficie silenciosa del mar.

¿Por qué lo hacen? Hay muchas teorías: parásitos en la piel, preludios al apareamiento, búsqueda de comida o comunicación dentro del grupo. A la espera de que nos digan cuál es la verdadera razón, nos gusta pensar que lo hacen simplemente porque pueden hacerlo: al igual que los monos trepan, los caracoles dejan baba y los verdaderos artistas y poetas producen arte y belleza. Con alas de más de dos metros (que son en realidad aletas pectorales) ¿por qué no tratar de volar? Además, mobulas y mantarrayas, grandes peces pelágicos y nómadas de las profundidades, parece que tienen un cerebro bastante grande. Tal vez sea correcto, una Némesis (nombre de la diosa hija de Océano) que en el Mar de Cortés, “Cortez the killer” cantaba Neil Young, salgan al vuelo los “diablos de mar”. Quién sabe que habrán pensado de ellas los primeros conquistadores (manta, en español, significa, además, cobija).

Tal vez estos seres se sientan simplemente felices de vivir en el acuario del mundo —como lo llamó Jacques Cousteau— en esos mil kilómetros (dichoso el qué lo puede visitar) habitados por ballenas, tiburones y un sinnúmero de criaturas marinas. Dedicamos el mes de mayo a las mobulas voladoras y a su instinto. Como dijo Flaubert en una carta a Louise Colet «Creo que si siempre viéramos al cielo, terminaríamos por tener alas». Apuesto que en unos cuantos millones de años las mantas serán capaces de volar.

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(carlo grande / lastampa.it / puntodincontro.mx / adaptación y traducción al español de massimo barzizza)