Slow Food celebra en el Estado de Puebla la llegada del Baluarte número 500.

 

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15 de septiembre de 2016 - Los “Baluartes” de la organización italiana Slow Food —fundada por Carlo Petrini en Piamonte en 1986— sostienen en el mundo pequeños centros de producción tradicionales en peligro de desaparición, impulsan el desarrollo de los territorios, recuperan antiguos oficios y técnicas de procesamiento y salvaguardan contra la extinción a razas autóctonas y diferentes variedades de hortalizas y frutas.

Hoy en día, 505 Baluartes —11 de ellos en México— involucran a más de 13.000 productores y, precisamente en tierra Azteca, se celebró recientemente la llegada del Baluarte número 500, dedicado al chile serrano de Tlaola, en el estado de Puebla. Se trata de una iniciativa totalmente femenina, un ejemplo de compromiso y dedicación de las mujeres indígenas y de emancipación social y económica vinculada al descubrimiento y explotación de la biodiversidad.

El chile se cultiva en terrazas —necesarias dada la pendiente de la sierra en la que se encuentra Tlaola— y un invernadero protege crecimiento de las plántulas. El grupo ha creado una “empresa de economía social y solidaria” que produce condimentos artesanales basados en chiles serranos secados al sol.

Entre los 57 nuevos baluartes, provenientes de 18 países, que estarán presentes este año en Terra Madre Salone del Gusto (del 22 al 26 de septiembre en Turín, Italia), hay también otro representante mexicano: el que se dedica a la crianza del cerdo pelón de la península de Yucatán.

El cerdo pelón.

De color negro, sin pelo, y con grandes orejas, el cerdo pelón mexicano es una raza que inició su crianza hace más de cinco siglos en el territorio que hoy es la península de Yucatán. Los conquistadores españoles introdujeron en la región cerdos célticos (Sus celticus), pertenecientes a la familia del jabalí europeo, cerdos ibéricos (Sus mediterraneus) y cerdos asiáticos (Sus vittatus). A partir de estas especies evolucionó un genotipo con características de gran valor, que con el tiempo se adaptó perfectamente a las condiciones territoriales y climáticas locales. Debido a que este cerdo se desarrolló en sistemas de producción aislados y preponderantemente rurales, su patrimonio genético se ha conservado hasta el día de hoy.

Durante cientos de años los mayas criaron estos cerdos (llamados localmente t’ooroch k’eek’een, o “cerdo Pelón” en lengua maya) al libre pastoreo, complementando su alimentación con las sobras de de sus propias comidas. Se trata de animales silvestres, tolerantes al clima tropical, hábiles para caminar sobre los suelos pedregosos de la península, resistentes a las enfermedades y con capacidad para alimentarse de una amplia variedad de alimentos.

Su carne, baja en grasa y de sabor intenso, es la base de muchas recetas típicas de la península de Yucatán, como la cochinita pibil (la carne se envuelve en hojas de plátano y se cocina en un horno bajo tierra), el cerdo con frijoles y el poc chuc (marinado y cocinado con carbón). También se utiliza para la “danza de la cabeza de cerdo”, que tiene lugar una vez al año para invocar la lluvia.

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(puntodincontro.mx)